Lenin
no ha hecho la revolución. La hizo el pueblo ruso. Más aún, que fue él
quien puso un fin a la revolución. Paso a paso, desde el histórico
respiro desde la paz de Brest-Litovsk hasta marzo de 1921, cuando impuso
a sus rebaños su nueva política económica, e intento llevar la revolución a la calma,
desnaturalizar sus fines y privarla de su contenido. Esa tarea no era
fácil. El pueblo ruso, que se arrojó con toda el alma en la revolución,
tenía ardiente fe en sus fuerzas, en sus posibilidades, en su
persistencia. Lenin era demasiado astuto para oponerse a ese entusiasmo
general, a esa honda fe. Al contrario, marchó con el pueblo y se unió a
él . Pero el objetivo que perseguía era otro y se diferenciaba
esencialmente de los objetivos que el pueblo quería. Era el Estado
marxista, una máquina que involucraba todo en sí, que lo absorbía todo,
que todo lo destruía, y cuya palanca tenían Lenin y su partido en las
manos. Los seguidores de Lenin lo llaman grande. Lenin mismo habría llenado de burlas a los que le
atribuyen hoy tales cualidades burguesas. Grandeza de espíritu, grande
de corazón, comprensión y simpatía para un adversario, eran rasgos que
escapaban totalmente a este hombre, que sin embargo, fue tan humano en
sus defectos y criminal en sus errores.
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